Te hiciste una idea de lo que es la poesía y no la podés cambiar. De acuerdo a tus lecturas y a tu amplitud de criterio se abre un abanico que da toda la vuelta hasta que ambos extremos se tocan a trescientos sesenta grados para que te apantalles con gusto. Podría ser que consideres que la poesía es el versito meloso o el versito solemne, el canto compuesto para homenajear a alguien o a algo, para ganarse la estima, la gracia, el corazón de algo o de alguien. Podría ser que para vos la poesía es ese bloque de palabras descendentes que no entendés para qué son, qué dicen, una complicación excéntrica y farragosa que no sirve para nada. Podría ser que creas que la poesía es el soneto medido para enhebrar un romanticismo desmedido, de otra época. Podría ser en cambio que la poesía sea el resultado de un experimento mayúsculo que se hace con los ingredientes que te venden en los boliches donde se cocina la vanguardia. Podría ser que la poesía sea el tridente que afilás cada noche para provocar, para hacerte el malo, para empujar al escándalo. Podría ser que poesía es todo lo que vos hacés y nada de lo que los demás hacen, sobre todo si los demás tienen determinadas características físicas, condiciones sociales, ambientes culturales, falta de ciertos títulos, tenencia de ciertas ideologías, gala de ciertos manejos del lenguaje, todo lo que redunda en cursilerías baratas que vos ya sabés que no merecen existir y las mantenés alejadas de tu mundo porque no se pierde el tiempo en cosas así.
Podría ser, podría ser. Pero mientras asentís satisfecho ante tu idea de lo que es la poesía, la poesía se te escapa sin tocarte. Porque no la pinchás como a una mariposa en el cartón. Se va con alguien que no la prejuzgue. Porque el prejuicio le mata las ganas de intimar.
El cuento es ese punteado del te muestro no te muestro. Sobre la foto que tengo y escondo, para que no la veas, pero sepas que la tengo y te den ganas de verla, te muestro un cachito y la oculto, te muestro otro cachito y la oculto, y así. Como no queriendo te voy mostrando, mientras hago que me ocupo de otra cosa. Hasta que la destapo al final y entonces agarrate, porque la vas a ver entera, abrupta, de frente, en una fracción de tiempo mínima y con el mismo efecto que se da en el truco cuando el que dábamos por perdido y le cantamos retruco y vale cuatro nos baja el ancho de espada.
En la poesía la trama es casi inexistente: se ven unos hilos rústicos, como los de la seda cruda, más bien pedazos de esos hilos, desparejos, pedazos que parecen estar sueltos y sin embargo no se sueltan, y sin embargo cohesionan. Toman su lugar en la estructura del poema, género duro, género que no cualquiera soporta. Raspa, molesta, y sin embargo sólo puede usarse para hacer ropa interior.
En el tramado del cuento los hilos forman un bordado de un hilo solo que avanza al modo del hilván: vemos una puntada sí y una no. Al final se anuda. Estas puntadas se ubican formando una estructura estrecha, tubular, el hilo sólo pasa en fila india.
El género de la novela es generoso. Acá los hilos se cruzan por todos lados y hay mucha tela para cortar, de variados materiales, diseños, colores.Las puntadas sedan de muchas formas, en muchos sentidos. La estructura es amplia.
Pero el hilo, el hilo para tramar cualquier género, el hilo lo da el lenguaje. Se van hilando palabras, de una u otra forma. En poesía, en prosa, las palabras se hilan. El telar es el mismo, las palabras hacen los hilos. Al ponerlas por escrito todo es cuestión de saberlas hilar.
Por la primavera todo brota. A las papas les salen papadas, a los melones melaninas, cardúmenes a los cardos. No se puede caminar por la vereda sin obtener veredictos: la basura es el basamento de la usura, tan caro que nos sale mantenerla. Pero la inversión vale la pena, hoy en día es lo que más ha brotado. Tampoco hay que desconsiderar los rumbos hacia el derrumbe, eso brota bien, da mucho escombro. Hablo de mi ciudad, por si no saben. Pueden venir a ver. Si vienen, no dejen de visitar nuestros modernos baches. Hay circuitos turísticos en las avenidas, con camiones que simulan que bachean para permitir que los turistas puedan meterse y recorrer los baches sin que el tránsito los moleste. Creerán que están en túneles subterráneos como los de Sábato, en grutas exóticas, en laberintos de diseño maquiavélico. Pero no. Son nuestros baches producto de la erosión constante del pavimento librado a las fuerzas de la naturaleza y a las del parque automotor (único parque que reverdece esta primavera, el único que está exento de que le construyan edificios). También tenemos las zonas de baches de las calles secundarias, pero son para turismo aventura, de alto riesgo, y adentrarse en ellos ya requiere un equipo costoso, certificado médico, seguro de vida, autorización de los padres, carnet de alpinista y consentimiento informado. Incluye tour por los colegios públicos porteños, los únicos que te abren la cabeza (lástima que el gobierno porteño de turno se haya tomado el eslogan tan literalmente, se ve que fueron a privados) y minitour por boliches con perfecta habilitación y algunas construcciones linderas con demoliciones y obras de habiolitación ídem, que es opcional para aquellos que gusten de jugar a la ruleta rusa.
Con tanto empapelado amarillo me fabriqué unas fresias. Todo el chamuyo de la folletería y de los carteles era letra al pedo, contaminó un poco más el aire. Pero el perfume de las fresias es más fuerte. En esta ciudad se apostó al amarillo, y ahora hay amarillo libre a rabiar. Hagamos más fresias, muchas fresias, todas fresias. La próxima apuesta es ésta: o gana el perfume, o gana la nube de pedos.
Te parece que exagero. ¿Vos decís?. Sólo apunto unas breves observaciones sobre la economía primaveral en la ciudad, las que me brotan. Más bien sólo una mínima parte de las que me brotan. Pronto se acercan las hordas de mosquitos jamás fumigados, porque son otra de las buenas inversiones que estamos realizando, de alto rendimiento. Se reproducen lindo, sólo necesitan chuparte un poco de tu sangre, y algunos vienen con valor agregado, te traen de yapa el dengue, y te hacen precio. Si pensás visitarnos, no te olvides el Off.
Al fin y al cabo lo más fácil es verlo todo blanco o negro. Cien por ciento para un lado, cien por ciento para el otro. La pura luz, la pura oscuridad. Quién no los distingue. Tan nítidos. Tan contrastantes. Los dos extremos se tocan en esto: son marcados, abruptos, totales. Casi diríamos violentos. Pegan en el ojo con su uniformidad extrema.
Más difíciles son los grises. Requieren afinar la mirada, hacer un esfuerzo de concentración y discernimiento para distinguirlos. Sobre todo cuando son varios y se parecen. Cuando es uno solo se lo toma igual que el blanco y el negro: gris, se dice, y ya está. Pero entre el blanco y el negro hay una amplia gama, son todos grises pero todos diferentes, aunque se parezcan tanto que se los puede confundir. Si se presta atención, un vasto mundo de grises se despliega ante nuestras pupilas. Se enriquece el abanico con la vasta variedad. Hay que tener tiempo. Hay que interesarse y buscar. Y ahí aparecen. La familia de grises se presenta, se da a conocer. Se nos amigan y nos llevan a encontrarlos en otras escalas, con otros nombres. Ahora son sonidos, son sentidos, son gamas de color, son gustos, son olores, son sensaciones en nuestras manos, en nuestros pies. Son posiciones ante lo que se nos presenta, puntos de vista en relación. En todos los campos se despliegan escalas sutiles. Entre el blanco y el negro hay un largo camino en el que es posible sorprenderse ante cada variación de gris.
Primero pongamos la lupa sobre comunicar. Cuando digo comunicar, me refiero a alguien que quiere expresar algo con la intención de que el otro lo entienda. Para eso necesita recurrir al código, donde cada cosa que expresa quiere decir siempre lo mismo para todos. Cuando una necesita un baño, busca una puerta que de alguna forma (con la inicial, la palabra completa, el dibujito, el dibujito de algún accesorio culturalmente reconocido como femenino, o lo que se le haya ocurrido al que puso la puerta) diga Damas. Las convenciones, lo culturalmente aceptado, lo cotidianamente repetido, el uso diario, hacen al código. Lo construyen, lo alimentan, lo mantienen, lo van modificando. Los distintos contextos acompañan y brindan seguridad, la seguridad del código: si conversamos amablemente en casa y pregunto ¿querés mate?, no creo que nadie se piense que le ofresco una cabeza. Pero si estamos discutiendo y me saco un poco y entonces de pronto pregunto ¿pero vos qué tenés en el mate?, difícilmente alguien me conteste ¡yerba!. Y todo va bien dentro del código, porque es una zona tranquila, tibia, armónica, neutra. Hasta que en algún descuido, nos damos cuenta o nos acordamos de que algo falta. Falta el lugar donde dice que tal cosa corresponde a tal cosa y no a tal otra. En ese instante, por breve que sea, toda la estantería de la comunicación se nos viene abajo. Pero tenemos una habilidad tremenda para rearmarla en dos minutos, y así podemos seguir con nuestra siesta de los trópicos sin sobresaltos.
Ahora tomemos transmitir. Lo pienso como el intento de que algo de lo que quiero expresar pase al otro, lo mueva, lo conmueva, lo cambie. Que no sea igual antes que después de su encuentro con mi expresión. Algo físico, que pase de un cuerpo a otro cuerpo. Para eso el código no me sirve. Al contrario. Si hay algo que creo que obtura la posibilidad de transmitir, es refugiarse en el código. Todo va bien si encuentro la puerta que que en alguna de las tantas formas dice Damas. Es lo esperable y me alegro de que así sea. Pero desagotada la urgencia que me llevó hasta ahí, me olvido de la puerta. No me saca el sueño. No vuelvo a pensar en eso. Entra y sale de mi mundo cotidiano sin grandes sobresaltos. Sin consecuencias. Sin sorpresas. Para transmitir, justamente, tengo que romper el código, maltratarlo, dejarlo de lado. Abro las otras posibilidades, las que no son esperables. No me detengo en los lugares donde todo va bien y se entiende y son cómodos, sino en los otros. Busco los puntos donde se ve que una cosa dice otra cosa que no es la esperada. Porque lo que quiero expresar, primero me afecta profundamente, tiene un anclaje en mi cuerpo, lo siento. ¿Cómo hago para que afecte a otro, que lo afecte tan profundamente como me afecta a mí, que lo sacuda hasta en lo corporal, cómo le transmito esto que me sacude y me conmueve?. El código del buenosdías, el código mecánico de la abejita que entiende muy bien los mensajes que recibe y responde siempre de la misma manera, como corresponde, sin cuestionarse nada, no me alcanza. Por suerte o por desgracia, según como se lo mire, yo tengo otras aspiraciones que las de la abejita: cuando intento transmitir algo, lo que menos me preocupa es que me entiendan. Porque al fin y al cabo cada uno algo va a entender, si está dispuesto. Que entienda lo que quiera y pueda. Yo pretendo que se asome conmigo a los abismos sin caernos, que sienta el vértigo que siento, que se duela con lo que me duelo, que toque las miserias y grandezas de lo humano sin exponérselas de verdad ante sus ojos porque para eso no tiene más que salir a la calle. Trato de expresar lo que todo eso produce en mí, no de ponerlo tal cual sobre la mesa porque el tal cual cada uno es dueño de ir a buscarlo. Es lo que yo puedo hacer con todo eso lo que intento transmitir.
Los campos de la comunicación son vastos y transitamos por ellos todo el tiempo. Los de la transmisión son puntuales, efímeros, apenas instantes que se pierden en los regueros de las comunicaciones. Pero es lo que me diferencia de una abeja.
Si los estudiantes toman los colegios públicos para hacer escuchar sus reclamos y hacer valer su derecho a estudiar en lugares dignos (lo básico: que no se lluevan, que no se les caigan los techos en las cabezas, que tengan calefacción, que las aberturas abran y cierren correctamente, que tengan instalaciones sanitarias en condiciones, que la instalación eléctrica sea segura, que las salidas de emergencia no estén bloqueadas, ningún lujo), el acento va a parar en que tomar un edificio público es un delito, por lo tanto a los estudiantes se los está tildando de delincuentes. Delito, delincuentes, estudiantes, tomas: todas palabras graves.
Ahora bien: el Ministro de Educación porteño, que acentúa las tomas de esta manera, considera que lo importante es estudiar, respetar la ley y cumplir con los 180 días de clase dentro de esos lugares a los que parece tildar de pipí-cucú. Educación, estudiar, respetar, cumplir, pipí-cucú: todas palabras muy agudas.
Lo que pasa es que nadie (o casi nadie) pone el acento en que nuestros jóvenes defienden la Escuela Pública tomándola, en cambio el estáblishment de la educación porteño hasta ahora se la pasó destruyéndola (presupuesto minúsculo, grandes ínfulas pero nada de músculo) y dando excusas ridículas. Pública, jóvenes tomándola, estáblishment destruyéndola, ridículas minúsculas ínfulas, músculo. Todas esdrújulas.
Pero entonces esto obliga a cuestionar las reglas ortográficas, porque:
.Escuela Públicatomasjóvenesestudiantespresupuesto ejecutado en obras urgentes y necesarias para un estudio digno:pasarían a ser palabras agudas.
.Graves, acá serían:estáblishment de Educación,obligar a cumplir sin importar la condición,destrucción de lo Público,dejar caer,no mantener,no cumplir ni con lo básico del deberpúblico estatal hacia la Educación Pública.
.Lo esdrújulo del caso es que si hacemos todas estas excepciones, las reglas ortográficas de acentuación ya no nos sirven para nada. Como no nos sirve el actual estado edilicio de los colegios públicos debido a la actual política de administración pública. Como no nos sirve la cara de Pilatos de los funcionarios públicos porteños en relación a sus responsabilidades en todo este desastre público. Como no nos sirven los micrófonos acusadores de algunos que tienen chapa de periodista y la posibilidad de salir al aire y afilan sus micrófonos para poner las tildes con furia sobre las cabezas de los estudiantes y se esconden esos mismos micrófonos en algún hueco ortográfico donde les quepan mientras reverencian a los funcionarios públicos porteños, cuya única responsabilidad de funcionario público (como corresponde sólo hay tilde en única, en responsabilidad nunca) en lo que respecta a la Educación Pública Porteña parece ser poner los acentos donde no deben y burlarse públicamente de las reglas ortográficas y de unas cuantas cosas más. Esto es grave.
Escritora. Profesional de abandonada profesión, como Macedonio. Autora de cinco libros de poemas publicados, cuatro libros artesanales de ejemplares numerados a mano, tres libros inéditos (dos de poemas, una novela). Escritos varios.
Coordinó múltiples talleres de poesía y de narrativa. Participó en distintas actividades junto a artistas plásticos. Editó la publicación Pasaje al Arte, de la Asociación de Artistas Plásticos de Villa Luro, de la que salieron diez números.
Fue seleccionada para participar de la muestra y la antología de Buenos Aires no duerme '98. La edición de uno de los libros de poemas, Cerebria, fue realizada con el apoyo del Fondo Cultura BA del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2005.
En el 2011 inventó y abrió Haiku Arte, con muestras de arte visual y literario y talleres, lugar que tuvo que cerrar sus puertas debido a no poder cerrar sus cuentas a mediados de 2012.
Ahora ofrece, en su casa, en el barrio, entre Floresta y Villa Luro, el taller de escritura y, tal vez, algunas puestas en escena de lecturas literarias.