El Arte de Escribir

La escritura es una de las tantas expresiones artísticas.
Narrativa y/o Poesía. Con un estilo propio.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Grises


Al fin y al cabo lo más fácil es verlo todo blanco o negro. Cien por ciento para un lado, cien por ciento para el otro. La pura luz, la pura oscuridad. Quién no los distingue. Tan nítidos. Tan contrastantes. Los dos extremos se tocan en esto: son marcados, abruptos, totales. Casi diríamos violentos. Pegan en el ojo con su uniformidad extrema.

Más difíciles son los grises. Requieren afinar la mirada, hacer un esfuerzo de concentración y discernimiento para distinguirlos. Sobre todo cuando son varios y se parecen. Cuando es uno solo se lo toma igual que el blanco y el negro: gris, se dice, y ya está. Pero entre el blanco y el negro hay una amplia gama, son todos grises pero todos diferentes, aunque se parezcan tanto que se los puede confundir. Si se presta atención, un vasto mundo de grises se despliega ante nuestras pupilas. Se enriquece el abanico con la vasta variedad. Hay que tener tiempo. Hay que interesarse y buscar. Y ahí aparecen. La familia de grises se presenta, se da a conocer. Se nos amigan y nos llevan a encontrarlos en otras escalas, con otros nombres. Ahora son sonidos, son sentidos, son gamas de color, son gustos, son olores, son sensaciones en nuestras manos, en nuestros pies. Son posiciones ante lo que se nos presenta, puntos de vista en relación. En todos los campos se despliegan escalas sutiles. Entre el blanco y el negro hay un largo camino en el que es posible sorprenderse ante cada variación de gris.

sábado, 4 de septiembre de 2010

COMUNICAR Y TRANSMITIR: DOS VERBITOS FUERTES

Primero pongamos la lupa sobre comunicar. Cuando digo comunicar, me refiero a alguien que quiere expresar algo con la intención de que el otro lo entienda. Para eso necesita recurrir al código, donde cada cosa que expresa quiere decir siempre lo mismo para todos. Cuando una necesita un baño, busca una puerta que de alguna forma (con la inicial, la palabra completa, el dibujito, el dibujito de algún accesorio culturalmente reconocido como femenino, o lo que se le haya ocurrido al que puso la puerta) diga Damas. Las convenciones, lo culturalmente aceptado, lo cotidianamente repetido, el uso diario, hacen al código. Lo construyen, lo alimentan, lo mantienen, lo van modificando. Los distintos contextos acompañan y brindan seguridad, la seguridad del código: si conversamos amablemente en casa y pregunto ¿querés mate?, no creo que nadie se piense que le ofresco una cabeza. Pero si estamos discutiendo y me saco un poco y entonces de pronto pregunto ¿pero vos qué tenés en el mate?, difícilmente alguien me conteste ¡yerba!. Y todo va bien dentro del código, porque es una zona tranquila, tibia, armónica, neutra. Hasta que en algún descuido, nos damos cuenta o nos acordamos de que algo falta. Falta el lugar donde dice que tal cosa corresponde a tal cosa y no a tal otra. En ese instante, por breve que sea, toda la estantería de la comunicación se nos viene abajo. Pero tenemos una habilidad tremenda para rearmarla en dos minutos, y así podemos seguir con nuestra siesta de los trópicos sin sobresaltos.

Ahora tomemos transmitir. Lo pienso como el intento de que algo de lo que quiero expresar pase al otro, lo mueva, lo conmueva, lo cambie. Que no sea igual antes que después de su encuentro con mi expresión. Algo físico, que pase de un cuerpo a otro cuerpo. Para eso el código no me sirve. Al contrario. Si hay algo que creo que obtura la posibilidad de transmitir, es refugiarse en el código. Todo va bien si encuentro la puerta que que en alguna de las tantas formas dice Damas. Es lo esperable y me alegro de que así sea. Pero desagotada la urgencia que me llevó hasta ahí, me olvido de la puerta. No me saca el sueño. No vuelvo a pensar en eso. Entra y sale de mi mundo cotidiano sin grandes sobresaltos. Sin consecuencias. Sin sorpresas. Para transmitir, justamente, tengo que romper el código, maltratarlo, dejarlo de lado. Abro las otras posibilidades, las que no son esperables. No me detengo en los lugares donde todo va bien y se entiende y son cómodos, sino en los otros. Busco los puntos donde se ve que una cosa dice otra cosa que no es la esperada. Porque lo que quiero expresar, primero me afecta profundamente, tiene un anclaje en mi cuerpo, lo siento. ¿Cómo hago para que afecte a otro, que lo afecte tan profundamente como me afecta a mí, que lo sacuda hasta en lo corporal, cómo le transmito esto que me sacude y me conmueve?. El código del buenosdías, el código mecánico de la abejita que entiende muy bien los mensajes que recibe y responde siempre de la misma manera, como corresponde, sin cuestionarse nada, no me alcanza. Por suerte o por desgracia, según como se lo mire, yo tengo otras aspiraciones que las de la abejita: cuando intento transmitir algo, lo que menos me preocupa es que me entiendan. Porque al fin y al cabo cada uno algo va a entender, si está dispuesto. Que entienda lo que quiera y pueda. Yo pretendo que se asome conmigo a los abismos sin caernos, que sienta el vértigo que siento, que se duela con lo que me duelo, que toque las miserias y grandezas de lo humano sin exponérselas de verdad ante sus ojos porque para eso no tiene más que salir a la calle. Trato de expresar lo que todo eso produce en mí, no de ponerlo tal cual sobre la mesa porque el tal cual cada uno es dueño de ir a buscarlo. Es lo que yo puedo hacer con todo eso lo que intento transmitir.

Los campos de la comunicación son vastos y transitamos por ellos todo el tiempo. Los de la transmisión son puntuales, efímeros, apenas instantes que se pierden en los regueros de las comunicaciones. Pero es lo que me diferencia de una abeja.



jueves, 2 de septiembre de 2010

El actual Ministerio de Educación porteño impone cambios en las reglas ortográficas de acentuación

Si los estudiantes toman los colegios públicos para hacer escuchar sus reclamos y hacer valer su derecho a estudiar en lugares dignos (lo básico: que no se lluevan, que no se les caigan los techos en las cabezas, que tengan calefacción, que las aberturas abran y cierren correctamente, que tengan instalaciones sanitarias en condiciones, que la instalación eléctrica sea segura, que las salidas de emergencia no estén bloqueadas, ningún lujo), el acento va a parar en que tomar un edificio público es un delito, por lo tanto a los estudiantes se los está tildando de delincuentes. Delito, delincuentes, estudiantes, tomas: todas palabras graves.

Ahora bien: el Ministro de Educación porteño, que acentúa las tomas de esta manera, considera que lo importante es estudiar, respetar la ley y cumplir con los 180 días de clase dentro de esos lugares a los que parece tildar de pipí-cucú. Educación, estudiar, respetar, cumplir, pipí-cucú: todas palabras muy agudas.

Lo que pasa es que nadie (o casi nadie) pone el acento en que nuestros jóvenes defienden la Escuela Pública tomándola, en cambio el estáblishment de la educación porteño hasta ahora se la pasó destruyéndola (presupuesto minúsculo, grandes ínfulas pero nada de músculo) y dando excusas ridículas. Pública, jóvenes tomándola, estáblishment destruyéndola, ridículas minúsculas ínfulas, músculo. Todas esdrújulas.

Pero entonces esto obliga a cuestionar las reglas ortográficas, porque:

.Escuela Pública tomas jóvenes estudiantes presupuesto ejecutado en obras urgentes y necesarias para un estudio digno: pasarían a ser palabras agudas.

.Graves, acá serían: estáblishment de Educación, obligar a cumplir sin importar la condición, destrucción de lo Público, dejar caer, no mantener, no cumplir ni con lo básico del deberpúblico estatal hacia la Educación Pública.

.Lo esdrújulo del caso es que si hacemos todas estas excepciones, las reglas ortográficas de acentuación ya no nos sirven para nada. Como no nos sirve el actual estado edilicio de los colegios públicos debido a la actual política de administración pública. Como no nos sirve la cara de Pilatos de los funcionarios públicos porteños en relación a sus responsabilidades en todo este desastre público. Como no nos sirven los micrófonos acusadores de algunos que tienen chapa de periodista y la posibilidad de salir al aire y afilan sus micrófonos para poner las tildes con furia sobre las cabezas de los estudiantes y se esconden esos mismos micrófonos en algún hueco ortográfico donde les quepan mientras reverencian a los funcionarios públicos porteños, cuya única responsabilidad de funcionario público (como corresponde sólo hay tilde en única, en responsabilidad nunca) en lo que respecta a la Educación Pública Porteña parece ser poner los acentos donde no deben y burlarse públicamente de las reglas ortográficas y de unas cuantas cosas más. Esto es grave.